Yao: Un emperador amable y sencillo

El Emperador Yao (a.C. 2356 – a.C. 2255). (Yeuan Fang/La Gran Época)

El Emperador Yao (235 – 255 d.C) fue de las generaciones posteriores al Emperador Amarillo y se lo recuerda como un ser de gran virtud que supo implantar entre los hombres la piedad filial y el respeto a la jerarquía, al conseguir que reinara la concordia, primero en su propia familia y luego entre los habitantes de todos los principados. La historia más conocida y conmovedora de Yao cuenta lo siguiente:

En una oportunidad, el Emperador Yao visitó con sus varios ministros un pequeño pueblo de China. En el camino encontraron a una persona atada que estaba siendo exhibida en la calle por la policía. Yao le preguntó al policía: "¿Qué hizo mal?".

La policía respondió: "Robó alimentos".

Yao le preguntó al criminal: "¿Por qué robaste comida?". El criminal dijo: "No tenemos comida debido a la sequía". Al oír esto, Yao pidió a la policía que lo atara junto al criminal por considerarse responsable del delito del criminal.

Las palabras de Yao hicieron que la policía y los ministros se sintieran muy asombrados y se apresuraron a arrodillarse. Pero un ministro le dijo a Yao: "El crimen fue causado por la sequía y usted no tiene nada que ver con eso".

Yao respondió seriamente: "Era mi responsabilidad darle a las personas lo necesario para resistir el desastre y encontrar soluciones para las personas que no tenían alimentos".
Por lo tanto, Yao ordenó a los ministros que lo ataran y se paró junto al criminal. La gente que pasaba por allí se detenía y, al ver esto, se conmovían hasta las lágrimas. Algunas personas cayeron de rodillas frente a Yao y confesaron sus crímenes cometidos con anterioridad. Todos estaban dispuestos a aceptar el castigo.

De regreso al palacio, Yao le dijo a todos los funcionarios: "No debemos culpar a los desastres naturales cuando las personas tienen dificultades y penurias en la vida. Debemos preguntarnos si hemos hecho lo suficiente para ayudar a estas personas. Debemos mirar hacia adentro. No podemos culpar a las personas por su intolerancia. ¿Debo aprender de los errores que cometí mientras gobierno este país?".

El Emperador Yao se ganó el respeto de todos, pues vivía una vida sencilla y su máxima prioridad era el bienestar del pueblo; sentía una gran pasión por su gente. Yao siempre lograba los mejores resultados, porque cuando se enfrentaba con las dificultades se ocupaba de examinar cuidadosamente su interior.

Yao fue profundamente amado por su pueblo y, durante su mandato, la vida de la gente se volvió cada vez mejor.

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