Revelando los crueles métodos de “transformación” del campo de trabajo forzado para mujeres en Zhongba

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Soy una practicante de Dafa de la provincia de Guizhou. Durante los ocho años de persecución a manos del Partido Comunista Chino (PCCh), he sido ilegalmente arrestada y detenida muchas veces. Cuando estuve en el campo de trabajo forzado para mujeres Zhongba, en la provincia de Guizhou, fui golpeada hasta el punto de quedarme gravemente herida, y el cuerpo lleno de golpes y moratones. Los perpetradores explotaron a mi hijo menor de edad para “transformarme”. Mi hijo intentó suicidarse tres veces debido a esta agonía.

Antes y después del año 2000, he estado ilegalmente detenida en la comisaría Dayingpo, en la comisaría del distrito de Wudang y en el centro de detención Baihuashan. Cuando la policía registraba mi casa, confiscaba miles de yuanes que pertenecían al lugar de trabajo de mi marido.

El 27 de agosto de 2001, mientras estaba trabajando, tres policías me agarraron del pelo, me dieron puñetazos en la espalda y me arrastraron hasta el interior de un coche. Fui trasladada al campo de trabajos forzados Zhongba para mujeres, en la provincia de Guizhou, y fui condenada a tres años.

Durante el tiempo en el campo de trabajo, personalmente experimenté y fui testigo de todos los métodos de tortura que los perpetradores utilizaban contra las practicantes de Dafa. En abril de 2003, el campo de trabajo urdió un malvado plan para “transformar” sistemáticamente a firmes practicantes de Dafa. Había varias pequeñas salas completamente selladas y las practicantes eran enviadas individualmente a cada una de éstas. No se permitía a nadie estar cerca de estas salas, excepto al guardia y las reclusas que participaban en la tortura de practicantes de Dafa. No se permitía a nadie decir nada sobre lo que se escuchaba o era testigo en aquellas salas, de lo contrario, sería castigada y se ampliaría su sentencia.

Las practicantes de Dafa eran forzadas a hacer trabajo esclavo, tenían que memorizar las normas de la prisión, eran obligadas a quedarse de pie durante largos periodos de tiempo, y se les privaba del sueño durante mucho tiempo. Además, los oficiales instigaban a las reclusas criminales para golpearlas e insultarlas. Las practicantes de Dafa, además, eran obligadas a escribir las llamadas tres declaraciones. Los perpetradores torturaban a las practicantes de Dafa mental y físicamente hasta que escribían y firmaban estas “tres declaraciones”.

En mayo de 2003, fui obligada a entrar en una pequeña sala próxima a la oficina de los guardias. Había ocho reclusas formando dos equipos que se turnaban para torturarme. Me obligaban a prestar atención, me continuaban golpeando en el pecho y pateaban mis partes privadas, y me arrastraban haciendo círculos. También me forzaban a correr de un sitio a otro, y a agachar la cabeza y mirar a un sitio alto sin pestañear; utilizaban libros anchos para golpearme en la cabeza; me privaban del sueño y utilizaban agujas para pincharme; emitían gases tóxicos en la pequeña sala que casi me ahogaban. Cuando los perpetradores estaban cansados, descansaban y luego comenzaban la siguiente ronda. Así, fui torturada durante más de cuarenta días. Mi cuerpo estaba completamente negro y azul, mi carne herida parecía estar descomponiéndose y mis piernas parecían de madera porque estaban hinchadas hasta el punto de que la piel estaba arrugada y brillante, y supuraba pus y fluidos.

Otra compañera practicante fue torturada durante cincuenta días, y ampliaron su sentencia a cinco meses más. La policía instigaba a estas reclusas a utilizar cualquier método para “transformar” a las practicantes de Dafa. Si “transformaban” practicantes, sus sentencias serían reducidas; si simpatizaban con las practicantes de Dafa, sus sentencias serían ampliadas.

Una compañera practicante sufrió un colapso mental después de la tortura, y el perpetrador siguió torturándola diariamente. Habitualmente la escuchaba llorar y agonizar gimiendo.

Los perpetradores también nos torturaban mentalmente. Explotaron a mi hijo menor de edad forzándolo a persuadirme para “transformarme”. En aquel momento, mi hijo estaba aún en el instituto y era incapaz de soportar el dolor, lo que le llevó a intentar suicidarse tres veces. Me encontraba en una grave agonía mental. Después del último intento fallido de suicidio, le dije a mi hijo: “La vida es preciosa, si no aprecias tu vida, no puedo ayudarte”. Eliminé mi apego al sentimentalismo y la tribulación desapareció. Él ya no intentó suicidarse nunca más.

Cuando estaba en un estado de semi-coma después de la tortura, los perpetradores me forzaron a firmar mi nombre en una declaración que habían escrito. Después de recuperar la consciencia tres días más tarde, rápidamente declaré que no reconocía tal “transformación”.

Versión en inglés:
http://www.clearwisdom.net/emh/articles/2007/8/6/88369.html

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